
En 1934 el código Hays culminaba las aspiraciones de los sectores más puritanos de la sociedad estadounidense que, alarmados por la explosión popular que experimentaba el nuevo arte, radicalizaron la censura audiovisual para evitar ofensas como la propuesta por la señorita Mary Jane West.
Si bien en pleno Siglo XXI el reto se desprende de responder al lance que plantean películas como la remota El beso (1896), El nacimiento de una nación, de David W. Griffith (mal ejemplo: este título de 1915 sigue sembrando sus dudas morales); o el Nosferatu de F.W. Murnau (acusada de perversa y aterradora en 1922); en la tercera década del siglo éstos fueron algunos de las cintas que argumentaron los creadores del código en su legítima defensa por los valores del American Way of Life.
Así nació el sistema restrictivo que tomó el nombre de su escritor, William H. Hays, uno de los líderes del partido republicano y miembro destacado de la MPAA (Motion Picture Association of America). Hasta ser sustituido en 1967 por la estructura de clasificación por edades de la asociación, el código Hays impuso una opresión censora que se manifestaba en todas los ámbitos sospechosos de atentar contra la ética norteamericana. Ésta se materializa en la producción del guión (prohibida mención a Jodido; Jodedor, Caliente (referido a una mujer); Virgen; Puta: Mariquita; Cornudo; Hijo de puta;Metido; Chistes de W.C.: Historietas de viajantes de comercio y de hijas de granjeros; Condenado;Infierno) o en la proyección visual (El tráfico clandestino de drogas y uso de éstas no serán mostrados, en ningún film).

Es precisamente éste último aspecto el que reconduce la línea del reportaje. Estas pinceladas históricas nos ayudan a comprender el contexto opresivo que "experimentaba" el cine en todas su facetas y, especialmente, razona qué la exportación de cine europeo hacia los grandes estudios norteamericanos se extinguiera durante prácticamente treinta años. Cualquier amenaza al estilo hollywoodiense que América deseaba imponer en el séptimo arte era eliminado de raíz.
Cuando analizamos la conexión entre el cine y la expresión popular de la droga y sus consumidores, advertimos que su estudio "libre" no comienza hasta mediados de la década de los sesenta. A partir de 1967 podemos empezar a hablar de la llamada "cultura de la droga", que profundiza en las relaciones sociales con los fármacos y principios activos, impulsados por una generación cuya obcecación por romper con los tabúes impuestos en las décadas precedentes la llevaría al extremo opuesto y a consecuencias impredecibles.
José Ignacio Nogueira García